La Asociación de Mujeres Progresistas de Alcalá de Henares ha creado el Premio Francisca de Pedraza contra la Violencia de Género que será entregado a aquellas personas u organizaciones que se hayan distinguido por su sensibilidad y lucha por los derechos y la igualdad de las mujeres.
Francisca de Pedraza fue una alcalaína que denuncio violencia de género con sentencia condenatoria al maltratador en el Siglo XVII (1624). El premio se anunciará y entregará entorno al día 25 de noviembre, Día Internacional contra la Violencia de Género.
“Creemos que Francisca de Pedraza simboliza la lucha que mantenemos las mujeres por nuestros derechos, por no sufrir violencia y sobrevivir incluso a leyes que menoscaban nuestra independencia y libertad”, afirman desde la Asociación.
"Las profesionales lo tenemos claro, pero a nivel social se dan por buenas muchas cosas: las sutilezas, los comentarios, los chistes... En el fondo no se cree en la violencia de género". Estas palabras de Sonia Chirinos, magistrada del juzgado número 2 de violencia sobre la mujer de Madrid, dan el baremo de lo que aguantamos. Ella lo percibe cada día desde que, en 2005, llegase a unos juzgados pioneros.
"He desarrollado una hipersensibilidad, en seguida detecto una mirada, una palabra...". Sonia Chirinos ingresó en la carrera Judicial hace más de 20 años. Ha hecho cooperación en Nicaragua, República Dominicana y Perú. Ha sido profesora de Derecho Penal y Criminología en las Universidades de Alicante y Valencia y fue la primera Directora General de Justicia de la Comunidad Valenciana en 1992.
Pero los juzgados de violencia de género, las historias con las que convive allí...
"Llegué a los juzgados cuando se crearon, tras un paréntesis en un proyecto de cooperación en República Dominicana. Vivía en Castellón, pero quería venirme a Madrid con mi marido, hubo un concurso muy importante y caí en este destino. La juez a la que iba a sustituir ya me advirtió: el volumen de trabajo era increible", cuenta. En 2005 sólo había 3 juzgados de violencia de género en Madrid. Las denuncias les sepultaban. "Poco a poco me gustó mucho. Pienso que algo de justicia se puede hacer, tanto desde la perspectiva de la denunciante como del denunciado".
Hasta entonces, los contactos de Chirinos con el concepto de 'género' eran internacionales. En Nicaragua ya había una policía de la mujer y el proyecto que dirigía en República Dominicana -de apoyo a la reforma y modernización del Estado- también tenía un componente de género, pero en en España no se utilizaba esa expresión. "Íbamos muy atrasados hasta que nos pusimos las pilas y ahora estamos a la vanguardia", valora.
Fue en ese juzgado en el que se dio cuenta de lo que era la violencia de género. "Personalmente fue muy duro, tuve que intentar asumir esa enorme cantidad de dramas y que no afectase a mi vida. Me hizo cambiar mi perspectiva y hablaba mucho de ello hasta que mi marido, con buen criterio, me dijo que teníamos que cambiar de tema".
Chirinos da cuenta de cómo ha evolucionado el perfil de los implicados. "Al principio había más señoras mayores, de unos 70 años, y muchas extranjeras. Y recuerdo que las explicaciones de los hombres eran muy curiosas, del tipo "es que no me daba la comida que yo quería". Recuerdo a una señora muy mayor que contaba que se protegía al otro lado de la mesa porque no podía correr mientras él argumentaba que en su casa hacía lo que quería.Tenían los dos más de 70 años.Era todo mucho más primitivo, y no había tantos jóvenes. Ahora cada vez hay gente más joven, y las mujeres son de todos los perfiles sociales".
Chirinos vuelve sobre su teoría: "El problema es que seguimos sin aceptar la violencia de género como una realidad con la que vivimos salvo cuando se producen hechos muy graves. En general, seguimos aceptando que es normal que las mujeres tengamos que vivir ciertas situaciones porque así está hecha la sociedad. El mensaje subliminal que nos lanzan es que es esas situaciones son normales. Cosas del tipo '¿Tú me quieres? ¿Me eres fiel? Pues dame tus claves del móvil y de tus redes sociales'... Creo que las mujeres no reciben una educación adecuada ni a nivel escolar ni social ni familiar porque en el fondo no creemos en la violencia de género, es parte de un comportamiento social y no nos importa salvo en el caso de que la agredan".
Ella misma tiene dos hijos varones.
- ¿Crees que en el colegio se les ha dado educación para evitar esos patrones?
"La pregunta es muy buena porque ni yo he hecho ese examen. No sería capaz de decir han recibido una educación en igualdad súper clara, pero yo sí que les cuento cosas precisamente para que lo sepan".
-¿Y afecta a los casos que juzgas el hecho de ser mujer? "
"Quizás el imputado se sienta más incómodo y la mujer pueda esperar cierta complicidad y después se enfade cuando no respaldas lo que dicen, pero son anécdotas a las que no hay que entrar. Quizás nos esforzamos incluso más en demostrar nuestra imparcialidad". Eso sí, desmonta el mito: "No creo que haya denuncias falsas, es un hecho matemático. Hay muchas mujeres que a pesar de denunciar siguen sin aceptar la situación que viven. Hay casos que te conmueven, con orden de protección, retirada, reconciliación... Así durante un año y medio, hasta que al final el hombre casi la mata".
Son las nueve de la mañana y Chirinos tiene por delante un jornada dramática. "Esto es un proceso largo y no soy optimista, no tengo claro que vayamos a combatirlo porque parece que las sociedades modernas estamos dando por buenos estos comportamientos. Es un tópico, pero no aceptamos que las mujeres sean guapas, profesionales e inteligentes".
Mira el reloj. En el pasillo hay mujeres esperando a entrar en la sala.
Existe, lo vemos todos los días, está enraizada en los patrones de crianza, en el sistema patriarcal, en los factores socioculturales: la violencia contra las mujeres es real y también se acepta algo como natural en nuestra sociedad misógina y machista. Para la violencia de género no existen fronteras territoriales ni distinción de clase social, color, credo y grado de escolaridad. Es imperceptible debido a que es solapada.
Una violencia que se ejerce a todo nivel, que es ilimitada y que no sorprende. Que no asombra, no indigna, no encoleriza. La cultura de la violencia de género tiene sus cuñas en los estereotipos, en las religiones creadas para oprimirla, en una educación patriarcal, en un sistema que invisibiliza a la mujer como ser humano y la denigra constantemente: que la abusa en sus derechos y la excluye de la justicia.
Esa cultura que va desde la negación a los derechos laborales, a la igualdad social, al aborto. A la educación, salud, progreso. Que a la víctima la re victimiza, que al victimario lo aplaude por macho alfa. Normas establecidas que tienen que ver con la doble moral, hipocresía, miedo y el vivir de apariencias. Razones por las cuales no se denuncian los abusos emocionales, físicos, sexuales y en consecuencia los feminicidios.
Y cuando una víctima se atreve a denunciar resulta siendo juzgada por la sociedad que la acusa de culpable. Ni qué decir de un sistema de justicia que la sentencia y deshonra acusándola de mentirosa, dejando libre al agresor. Mismo agresor que en venganza va y la asesina en los terribles e innumerables feminicidios que a ninguna sociedad importan.
La cultura de la violación sexual, también naturalizada que como toda respuesta nos dice: es mujer. Es mujer no pasa nada, es tan solo una mujer: un objeto, un rastrojo, una esclava. Esa cultura que va desde la asignación de roles, colores. Que nos dice cómo debemos pensar, cómo comportarnos, qué sí y qué no hacer conforme a nuestro género. Y que si nos salimos de la norma entonces lo que nos suceda es completamente nuestra culpa. Aún viviendo bajo los parámetros marcados por el patriarcado también nos acusa y nos culpa. A nivel mundial la existencia de leyes que esclavizan a la mujer.
La cultura de la violencia de género que nos dice que las mujeres somos el sexo débil, que no podemos practicar deportes asignados para hombres, que no podemos ejercer profesiones u oficios que milenariamente han sido asignados a hombres. Que nos dice que nuestro rol en la vida es el de ser madres, limpiar la casa y cuidar de nuestros hijos. Satisfacer sexualmente a nuestros hombres. Vivir para ellos. ¡Y pobre de la que decida salir de la norma y amar a otra mujer! Porque se le denigra, se le golpea, se le viola y asesina. Y peor aún: era tan solo una lesbiana que no llegaba siquiera a ser mujer. Caso cerrado desde que entra el cuerpo a la morgue.
Esa violencia que está en la escuela, en la televisión, en la radio, en el arte, en todo. En todo lo que nos rodea. La forma en que los noticieros manejan la información en casos de violencia de género: con sesgo, estereotipos y patriarcado. Mujeres que a conveniencia personal apoyan el patriarcado, decidiendo con esto vivir en la sumisión de por vida y en las sombras. Esa cultura que nos niega la realización personal y a vivir en nuestro propio albedrío.
Hay mucho qué decir de la cultura de la violencia de género desde cualquier plataforma, y sus razones y sus consecuencias y a quiénes beneficia. ¿Qué es lo que no nos permite reaccionar ante esta atrocidad? ¿Qué es lo que no nos permite denigrarnos y despertar en masa cada vez que se viola a una niña, adolescente o mujer? ¿Cuando se le golpea y asesina? ¿Qué es lo que no nos permite crear la cultura de la prevención? ¿La reestructuración de la sociedad y de los patrones? ¿Qué es lo que no nos permite respetarnos? ¿Valorarnos como seres humanos iguales en derechos?
¿Qué tan profunda es nuestra indiferencia que no nos duele y no nos enfurece cada vez que sabemos de un feminicidio? ¿De una mujer agredida? ¿De una injusticia en los derechos laborales? ¿De un Estado que no invierte en políticas de desarrollo para la mujer? ¿Cuándo dejaremos de vivir con estereotipos, con religiones misóginas y opresoras? ¿Cuándo vamos a cambiar normas patriarcales para criar niños sanos que no violenten en ninguna de las etapas de su vida?
¿Cuándo vamos a vernos con la certeza de ser tan solo una partícula en la inmensidad del tiempo? ¿Y que tan fugaz es nuestro paso por la tierra que vamos a poner todo nuestro empeño en que la equidad y el derecho a ser y a vivir en el libre albedrío no se castiguen? ¿Cuándo tendremos la entereza para cambiar la cultura de la violencia de género por la del respeto?
Son tantas las maneras, los arquetipos en que todos ejercemos la violencia de género que muchas veces no nos damos cuenta que lo estamos haciendo, porque es algo que está ahí de planta, tan naturalizado como el aire que respiramos, como el pulso cardiaco, el parpadear. Pero la violencia de género es algo aprendido por lo tanto se puede cambiar. Por supuesto que tenemos la capacidad para eliminar el patriarcado, el machismo, la misoginia y la indiferencia. La pregunta es: ¿cuándo lo haremos?
Le dijo a su hijo, de ocho años, que le diera los deberes a su maestra para que los mirara bien, porque era muy importante. El niño cumplió y su madre ha podido salir del círculo de maltrato en el que supuestamente vivía desde hacía años. Una mujer maltratada, prácticamente recluida en su domicilio, controlada y aislada por su marido, ha provocado la detención de su agresor tras pedir auxilio a través de una nota que introdujo en los deberes de su hijo, alumno de un colegio de Benalmádena (Málaga). El hombre, de 52 años, ha quedado bajo control telemático y tiene una orden de alejamiento de su esposa.
La víctima, de 44 años, no tenía acceso al teléfono móvil ni aredes sociales. No podía salir sola de casa y cuando hacía la compra o tenía que ir al médico, siempre debía hacerlo en compañía de su marido, que la dejaba “encerrada” cuando no estaba en su domicilio. “El aislamiento y el control por parte del presunto agresor es algo muy común en el ciclo de la violencia y en este caso era especialmente fuerte”, subraya Rosa del Mar Rodríguez, coordinadora del Instituto Andaluz de la Mujer (IAM) en Málaga.
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La situación se habría prolongado desde que el matrimonio, ambos de nacionalidad uruguaya, se instaló en Benalmádena. Las vejaciones y las humillaciones eran continuas y el aislamiento al que estaba sometida la mujer, le impedía contar con un círculo de amistad y de apoyo al que pedir socorro. Esa violencia psicológica constante también daba paso en ocasiones a episodios de maltrato físico, según publica el diario ABC.
La única escapatoria que vio la víctima fueron los deberes de su hijo, que se convirtieron en la vía de comunicación con el exterior. A mediados de abril, introdujo una nota de auxilio (medio folio) entre las páginas de un libro de texto del niño con la esperanza de que la viera su tutora. Escribió datos personales que ayudaran a su ubicación, entre ellos, su dirección postal, además de ofrecer detalles sobre la situación que estaba viviendo. La maestra, tras leer la hoja, alertó a la dirección del centro escolar, que se puso en contacto con el Centro Municipal de la Mujer de Benalmádena y con el Cuerpo Nacional de Policía.
Los agentes, con la complicidad del colegio, idearon un plan para comprobar los hechos sin levantar sospechas en el supuesto agresor. La actuación se llevó a cabo el 18 de abril. El centro escolar convocó a la pareja para una aparente tutoría y, una vez que el matrimonio llegó a estas dependencias, un policía de la Unidad de Familia y Mujer logró reunirse a solas con la mujer. Según fuentes cercanas al caso, el hombre se había quedado en el coche y ni siquiera accedió al colegio. Tras el relato del supuesto maltrato por parte de la víctima, que presentaba algunos hematomas, su marido fue detenido por supuesta violencia de género.
La mujer y el niño, que tiene un hermano de cinco años, están atendidos ahora por la red del Instituto Andaluz de la Mujer. Tanto Rodríguez como el subdelegado del Gobierno en Málaga, Miguel Briones, han resaltado “la audacia” de la víctima para hacer público su maltrato y la “buena coordinación” entre todos los agentes institucionales y las fuerzas de seguridad.
Esta semana 'Crónicas' aborda la violencia de género en adolescentes en España, un fenómeno que cada vez se denuncia más. Según el Observatorio de Violencia de Género, las chicas identifican mejor el abuso o el control en sus primeras relaciones. El año pasado, las menores de 18 años solicitaron cerca de 900 órdenes de protección. Este jueves 'Crónicas' estrena el reportaje 'Libre te quiero'.
El número de chicos menores juzgados por maltrato contra sus parejas o exparejas creció en 2015. Para la mayoría era su primera relación sentimental y piensan que los celos son sinónimo de amor. Además, las nuevas tecnologías están provocando nuevas formas de agresión y de acoso. A través del control del teléfono móvil y las redes sociales, los agresores aíslan y amenazan a sus víctimas. Desde que hay estadísticas de violencia de género, ha habido nueve menores asesinadas. Sin olvidar que, el modelo dominio-sumisión en las relaciones sentimentales todavía no ha sido superado por las nuevas generaciones.
En los últimos años ha aumentado la cifra de chicas que asisten a terapias de violencia de género; las más pequeñas tienen 12 años. Los expertos aseguran que la educación es la vacuna para acabar con el maltrato.
Un equipo de 'Crónicas' ha estado en institutos de educación secundaria para ver cómo viven alumnos y profesores el problema de la violencia de género a edades tan tempranas. Además del control de los profesores, la policía da charlas en los centros para que aprendan a detectar las relaciones de abuso.
'Libre te quiero' es un reportaje con guion de Teresa Martín; realización de Ángel Navarro Gómez; imagen de José Llorca; sonido de Javier Pascual; montaje de Marga Serrano; y producción de Ana Pastor y Lourdes Calvo.
La Sociedad Mediterránea de Medicina Legal ha elaborado un decálogo contra la violencia de género en el que apuesta por reforzar tres pilares: la educación en las edades tempranas, la colaboración de los médicos en la detección de este tipo de violencia y el apoyo policial a las víctimas.
El decálogo fue elaborado por los asistentes a las XXI Jornadas Mediterráneas de Medicina Legal, que se celebraron en Badajoz bajo la dirección del médico forense Mariano Casado.
Para este especialista, las conclusiones de ese congreso pueden ser básicas en la lucha contra la violencia de género. «Desde nuestro sector se concluye que un aspecto fundamental es el educativo, porque es en la escuela donde deben empezar a enseñarse los valores de la igualdad y la no violencia».
«Ya dije una vez que la franja donde hay un alto índice de violencia de género es en la adolescencia y muchos me criticaron porque no aparecía en las estadísticas -continúa el forense-. Ahora sí se habla de que hay casos en esa etapa y se comprueba que aquellos adolescentes de los que yo hablaba son hoy potenciales agresores».
Colaborar en la detección
Casado también ha destacado del decálogo el punto en el que se pide a los médicos que colaboren en la detección. «Cuando ven que una mujer acude con frecuencia a la consulta sin tener un proceso patológico claro sería conveniente que le preguntaran si tienen una buena relación con su pareja. Quizás en ese momento las víctimas contarían su problema».
En las jornadas de la semana pasada se aprobó también la 'Declaración de Badajoz 2016' sobre el desarrollo de la especialidad de medicina forense, en la que plantean la necesidad de que el Ministerio de Sanidad, Igualdad y Políticas Sociales promulgue la norma que permita convocar las plazas de Médico Interno Residente (MIR) que se destinarán a la formación de los futuros especialistas en Medicina Legal y Forense. En esa declaración solicitan la acreditación de las unidades docentes de formación de especialistas en los institutos de medicina legal para potenciar la integración de los recursos ya existentes en los centros universitarios, en los departamentos clínicos y en los departamentos universitarios de medicina legal. «Es importante que se tenga en cuenta al colectivo», concluye Casado.
Jugar a videojuegos violentos y sexistas reduce la empatía hacia las mujeres víctimas de la violencia de género, denuncia un nuevo estudio que publica la revista Plos One. Investigaciones anteriores ya habían demostrado que dedicar horas a títulos violentos incrementaba los niveles de agresividad en los jugadores.
Ahora, científicos italianos y estadounidenses han observado que cuando a esos elevados índices de violencia se suma un componente sexista y se presenta a la mujer como un objeto sexual, los jugadores se vuelven más insensibles ante el dolor y el sufrimiento del otro. Y en concreto, ante las víctimas de la violencia machista.
“Hasta el momento apenas había estudios que revisaran qué tipos de mujeres aparecían en los videojuegos y de qué forma influenciaban esos estereotipos en las creencias que los jugadores tenían acerca de ellas”, explica a Big Vang en una entrevista telefónica Brad Bushman, coautor del estudio y profesor de comunicación y psicología de la Universidad del Estado de Ohio.
Cuando a un elevado índice de violencia se suma un componente sexista y se presenta a la mujer como un objeto sexual, los jugadores se vuelven más insensibles ante el dolor y el sufrimiento del otro.
Y eso es lo que justamente ha revisado este trabajo. En algunos videojuegos como la popular serie de Grand Theft Auto (GTA), las mujeres que aparecen son personajes secundarios, prostitutas o strippers. El jugador puede pagarles para tener sexo con ellas y después matarlas para así recuperar su dinero.
Imagen de una de las prostitutas que aparecen en Grand Theft Auto. La mayoría de mujeres en este juego son prostitutas o strippers (Otras Fuentes)
“Queríamos saber si jugar a un videojuego en el que las mujeres son presentadas así, como un objeto sexual, influenciaba la forma en que los jugadores piensan sobre las mujeres en general y, en concreto, sobre aquellas que son víctimas de violencia de género. Y hemos visto que sí”, afirma Bushman.
En un experimento, investigadores de las universidades de Milano Bicocca y de Génova, en Italia, y del Estado de Ohio, en los Estados Unidos, dividieron a 154 chavales de entre 15 y 20 años, todos ellos italianos, tanto chicos como chicas, de forma aleatoria en tres grupos.
El primero jugó a videojuegos violentos y sexistas, en este caso GTA. El segundo lo hizo a videojuegos violentos pero no sexistas. Y por último, al tercer grupo le tocaron títulos ni violentos ni sexistas.
A continuación, los investigadores mostraron a los participantes imágenes en que aparecía una chica joven víctima de la violencia de género. En una de las fotografías estaba llorando y tenía un ojo morado, y en la otra un chico la agarraba por el cuello mientras alzaba el puño hacia ella. Al ver las imágenes, los voluntarios del estudio debían valorar cómo se sentían respecto a esa chica.
“La mayoría de nosotros miraríamos esa imagen, pensaríamos que la chica debe estar totalmente aterrorizada y sentiríamos empatía, solidaridad, compasión. Lo que vimos en nuestro estudio es que aquellos chicos que habían jugado a videojuegos violentos y agresivos y se habían identificado con el personaje principal mostraban menos empatía con la víctima que el resto de jugadores”, comenta Bushman, quien añade que “además, estos chicos se identificaban con creencias como que la masculinidad era ser agresivo. O que está bien que un chico use cualquier medio para ‘convencer’ a una chica a tener sexo con él”.
Para Alessandro Gabbiadini, autor principal del trabajo e investigador de la Universidad de Milano Bicocca, “nuestros resultados nos proporcionan una idea mejor acerca del daño que hace a los jugadores esta combinación de violencia y sexismo en los videojuegos”.
Imagen de la versión para PC de Grand Theft Auto V (Rockstar Games - Rockstar Games)
De hecho, los chicos que jugaron a videojuegos solo violentos, sin el componente sexista, no mostraron la misma falta de empatía que los que echaron partidas al GTA. “Cuando añades sexismo a los videojuegos violentos, el efecto es especialmente tóxico”, valoraba Gabbiadini en un comunicado de prensa. Tampoco las chicas que jugaron a GTA fueron poco empáticas.
A diferencia de la publicidad o de las películas, ámbitos en los que también se presenta en ocasiones a la mujer como un objeto sexual, los videojuegos influyen más en la forma de pensar del jugador. “En los juegos se adopta un rol, uno se pone en la piel de ese personaje, vives otras vidas a través de este personaje, por lo que resulta una experiencia más potente que ver una película, que es más pasivo y no te permite realizar acciones ”, explicaAlberto Betella, investigador del grupo SPECS de la Universitat Pompeu Fabra (UPF).
La imagen principal de la campaña de Calvin Klein, que ha generado polémica: ¿está la modelo siendo forzada? (Calvin Klein)
Esa experiencia aumentada, en el sentido de la sensación de presencia y de acción está incrementada en el videojuego, también tiene repercusiones cognitivas, como por ejemplo en la memoria. Seguramente, recordaremos mejor un trayecto que hemos realizado conduciendo que como copilotos en un coche, advierte Betella.
Además, opina Sáinz, los adolescentes usan los videojuegos para explorar su identidad masculina y refuerzan las creencias acerca de lo que se espera que los hombres sean, se comporten, piensen, sientan. “Este tipo de estereotipos que los chavales acaban asumiendo como roles afectan tanto a chicos como a chicas negativamente”, afirma.
Ahora bien, no se trata de criminalizar los videojuegos ni mucho menos. Hay títulos con contenidos muy positivos que desarrollan capacidades de navegación en el espacio, la memoria, incluso la empatía. De hecho, en el grupo de investigación SPECS de la UPF están trabajando con hospitales de Catalunya en un videojuego para ayudar a personas que han sufrido un ictus a recuperar la movilidad.
** Este artículo se ha modificado para corregir un error. En la primera versión se decía que el juego GTA daba una puntuación extra al jugador si éste mataba a una prostituta y era un dato erróneo. En esta versión ya no aparece (14.04.16)
Acostumbrados a la violencia y al sexo
Betella realizó junto al investigador Icrea Paul Verschure, también de la UPF, un estudio con resultados en la línea de este de los videojuegos, que también se publicó en Plos one. Utilizaron una base de imágenes relacionadas con todo tipo de emociones y evaluaron cómo la percepción social de esas imágenes había cambiado en tan sólo 20 años. “Hoy a nivel estadístico tenemos menos sensibilidad hacia imágenes con un alto contenido de violencia o de sexo -dice Betella-. Nos acostumbramos a ellas y dejan de sorprendernos”.